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martes, 13 de diciembre de 2011

JUSTICIA, CASPA Y NAFTALINA.

¿Ha suplicado usted justicia alguna vez? ¿Debe suplicarse la justicia en un autodenominado Estado de Derecho? ¿Es la justicia un derecho inalienable o una gracia que se nos concede?
La Justicia se suele representar como una bella mujer ciega que sostiene en la mano una balanza. De ella depende que el platillo de la razón se incline hacia un litigante u otro. Es mejor seguir con esa idea inconcreta. Conocer de cerca a quienes imparten justicia puede descubrirnos una realidad decimonónica y casposa. En los Tribunales habrá de todo, pero escuchar sin intermediarios el discurso de Carlos Dívar, el Número 1 de la casta de los jueces no ha servido para congraciarme con ese mundo.
Hace poco asistí como periodista a la inauguración de unas Jornadas Nacionales de Jueces Decanos que se celebraron en el Palacio de Justicia de Vitoria. Tiemblo cada vez que se organiza un sarao informativo en ese lugar. No hay ningún periodista a sueldo de los tribunales de la capital alavesa que haga de intermediario con los medios de comunicación. Se producen así situaciones descabelladas, como aquella rueda de prensa en la que pidieron a las cámaras de televisión que saliesen de la estancia porque había terminado el tiempo de los medios gráficos. Explicarles que sin cámaras las televisiones no podrían aportar testimonios en sus informativos fue misión imposible.En estas Jornadas de Jueces Decanos, las principales autoridades presentes en el salón de actos se sentaron en primera fila e impedían grabar a los reporteros los discursos de los ponentes. De todas formas, habría sido mucho mejor no tener que escuchar las palabras del presidente del Tribunal Supremo y del Consejo General del Poder Judicial, Carlos Dívar. ¿Nadie le ha llevado nunca la contraria a este señor? Que utilizase citas de Jacinto Benavente para aderezar su discurso nos pone en situación. Para equilibrar, tal vez con el fin de aportar un toque de modernidad, no faltó tampoco la mención a Tagore. Y entre cita y cita, iba describiendo la difícil situación de la Justicia. Dívar tiene la rara habilidad de designar cada concepto con la palabra más pedante, oscura y difícil que se pueda elegir. ¿Por qué hablar de dinero si se puede decir “numerario”? Sobre todo si uno quiere decir que el retraso en la tramitación de los casos de gran transcendencia económica puede perjudicar al Estado ya que el cobro de sanciones se demora muchísimo tiempo. ¡Pobre Estado, sin dinero fresquito por culpa de la lenta justicia! También dijo Dívar que muchos jueces no pueden conciliar su vida laboral y familiar por la gran cantidad de casos que se les acumulan: siete u ocho mil al año. ¿Quién llega a casa con ganas de fregar o cocinar después de tanto trabajo?
Para rematar su faena, el presidente del Consejo General del Poder Judicial se puso tierno al recordar la gran cantidad de veces que “los seres humanos” que se dirigen a él encabezan sus escritos con el verbo suplicar. Le suplican justicia… ¿Lo harán de rodillas? ¿Se santiguarán al hacerlo? ¿Se mesarán los cabellos haciéndose cruces? ¿Aumentará la eficacia judicial si al suplicar aprovechamos también para flagelarnos las carnes? ¿No huelen la misma naftalina que yo?

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