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viernes, 23 de octubre de 2015

ETA Y YO: LA AMENAZA DIFUSA.


(Reproducción de un artículo publicado en el libro "La Huella de una Lucha Justa", editado en 2014 por la Asociación de Víctimas del Terrorismo ZAITU)
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     La violencia de ETA y yo tenemos la misma edad, pero no me considero un amenazado o perseguido por esa banda terrorista. Sólo soy un periodista del montón.  Nací en Madrid el 17 de Julio de 1961, el día en que la banda armada intentó descarrilar un tren en el que veteranos de guerra franquistas viajaban a San Sebastián para celebrar el 25 aniversario del llamado Alzamiento Nacional. Aquello les salió mal, pero en los siguientes 50 años asesinaron a 829 personas, según la Fundación de Víctimas del Terrorismo.

     Hasta 1973, ETA asesinó a diez personas. Aquel mismo año de la Operación Ogro que acabó con la vida de Carrero Blanco, mi familia se estableció en el pueblo de mis abuelos maternos: Villasana de Mena (Burgos) y yo empecé a estudiar en Güeñes (Bizkaia). Durante 6 años comía en Euskadi y dormía en España. Desde entonces soy un hombre de frontera.

     Entre 1974 y 1979, ETA asesinó a 204 personas. En el colegio descubrí el nacionalismo, una ideología mítica en nombre de la cual muchos vascos soñaban con una patria independiente mientras unos pocos empuñaban las armas contra España. Vivir de adolescente las peripecias de la Transición me hizo un apasionado de la Política. Expresarse en libertad entrañaba riesgos como la propagación de bulos sobre mi falsa presencia en manifestaciones de ultraderecha. Ya por aquel entonces me encantaba sacar mi lengua a pasear y un compañero de clase pensó que la difamación lograría cerrar mi boca disidente. También recuerdo los “atentados” contra las pegatinas no nacionalistas que coleccionaba en mi clasificador escolar. La mayoría de las pegatas eran abertzales o de izquierdas, pero sólo ofendían las otras.

     Entre 1980 y 1984 ETA asesinó a 223 personas. Aterricé en el campus de Leioa de la Universidad del País Vasco en aquellos años de plomo. Los terroristas batieron su record sangriento de muerte en el 80, con 92 asesinatos. Cada 4 días, un crimen. Fueron también jornadas convulsas en la Universidad, pero no recuerdo que hubiese ni un solo paro o huelga en señal de cabreo por aquellos asesinatos. En cambio, cada dos por tres las clases se paraban en protesta por las detenciones de etarras o por los asesinatos promovidos por la extrema derecha o el GAL. En aquellas asambleas estudiantiles sólo se atrevían a tomar la palabra los nacionalistas, principalmente los partidarios de Herri Batasuna. Sólo recuerdo que en una ocasión habló desde la tarima un joven barbudo que se presentó como militante de las Juventudes Socialistas. En contra de mi pronóstico, no le lapidaron. Yo formaba parte del rebaño de ovejas calladas. Jamás dije en público que me parecía una salvajada asesinar guardias civiles. Sólo me atrevía a exponer mis opiniones políticas en privado o en grupos reducidos de personas de las que sabía el pie del que cojeaban. La cólera que me invadía el alma con cada nuevo asesinato terrorista sólo se manifestaba frente a conocidos. Sin embargo, la calle callaba. Euskadi se había convertido en un Gran Matadero, el Imperio de la Violencia. El PNV gobernaba desde las poltronas gracias al voto popular. HB mandaba en las plazas y calles gracias al miedo y una enfermedad moral colectiva que fue calando como el sirimiri a la sociedad vasca.

       Entre 1985 y 1998 ETA asesinó a 334 personas. En el 85 aprobé una oposición de redactor en RNE en Vitoria. Incluso en la capital alavesa, la calle era Territorio Comanche de un Movimiento Nacional que se decía liberador del Pueblo Vasco. Algunos abertzales radicales me demostraban que se sentían ofendidos por la letra “E” de España en el micrófono de RNE.
      En 1985, la calle empezó a cambiar. A las siete y media de la tarde del 26 de noviembre, unas doscientas personas se concentraron en silencio en la Plaza Circular de Bilbao tras una pancarta en la que podía leerse: “Han matado a un hombre. ¿Por qué no la Paz?” La víspera, ETA había asesinado a 3 personas: en San Sebastián al cabo del Ejército Rafael Melchor y al soldado José Manuel Ibarzabal y en Pasaia al guardia civil Isidoro Díez Ratón. A partir de ese día, los asesinados empezaron a tener cara, nombre, apellidos y familiares. Dejaron de ser sólo policías, militares o guardias civiles.  Estaba naciendo un movimiento ciudadano que acabaría convirtiéndose en la primavera de 1986 en la Coordinadora Gesto por la Paz de Euskalherria. Tras una entrevista radiofónica José Mari Salbidegoitia, uno de los promotores de ese movimiento pacifista en Vitoria, me apliqué el cuento y empecé a acudir a las concentraciones silenciosas. Aquella experiencia de rechazar la violencia en público me reconcilió con mi condición de ciudadano.

      Entre el 83 y el 87, el GAL asesinó a 27 personas. El terrorismo de Estado fue apadrinado por Felipe González y amparado por sus primeros gobiernos socialistas. La guerra sucia dio alas a ETA, que por fin tuvo razones de peso para hablar de un conflicto que hasta entonces sólo era un invento creado por seudohistoriadores nacionalistas que habían convertido las leyendas en agravios contra la raza vasca. Los asesinatos del GAL y el tibio castigo de la Justicia contra sus fundadores, pistoleros y secuestradores llenaron de argumentos las vacías mochilas de los discursos de HB y de los comunicados de ETA. Nunca sabremos cuántos años se prorrogó esta historia de dolor por culpa de aquel Gran Error.

       En mayo de 1998 empecé a trabajar en TVE en Vitoria. El 12 de setiembre de aquel mismo año los nacionalistas firmaron el Pacto de Lizarra para abrir una negociación que acabara con el terrorismo de ETA. Cuatro días después, la banda armada anunció una tregua indefinida y sin condiciones. Fui un ingenuo. Creí que iba en serio. Como cronista político, tuve la oportunidad de contar el relato de aquellos vertiginosos días. Sin ETA, informar y preguntar libremente era más fácil, pero fueron los años de la más grosera manipulación política que ha vivido TVE. Bajo el mandato de Alfredo Urdaci en la jefatura de Informativos, se nos exigía a los periodistas que cargáramos nuestras informaciones con perversas intenciones políticas. El PNV y la izquierda abertzale se convirtieron en el enemigo a batir. También en los medios. No era fácil buscar el equilibrio y el reparto de tiempos entre los partidos en las crónicas parlamentarias para Telediario. A la vez, las presiones de los partidos sobre los medios de comunicación se redoblaron. Un ejemplo: los herederos de HB intentaron prohibir el acceso de algunos periodistas a la Sala de Prensa del Parlamento.
        1999 fue un año sin asesinatos de ETA, pero la fiesta terminó en enero de 2000, con la bomba que acabó con la vida del teniente coronel Pedro Antonio Blanco en Madrid. En febrero, me tocó vivir muy de cerca la semana más intensa de mi vida profesional: el asesinato de Fernando Buesa y su escolta Jorge Díez Elorza. Por primera vez, sentí miedo y me negué a empotrarme como periodista de TVE en la campaña electoral de Euskal Herritarrok. La cita con Arnaldo Otegi y los suyos en San Juan de Luz estaba convocada sólo dos días después del doble crimen de Vitoria. Una compañera de Madrid tuvo que venir a Euskadi a cubrir aquella campaña electoral de EH. Al terminar su trabajo, poco antes de volver a Madrid, me dijo que yo era un exagerado. Tal vez… Lo cierto es que aquel invierno de 2000 retiré mi nombre del buzón de mi casa. En mayo, ETA asesinó al periodista José Luis López de Lacalle. Mientras, mis superiores dotados de guardaespaldas nos pedían que obedeciésemos a Madrid “salvo cuando nos mandasen tirarnos de una ventana” o se escondían parapetándose detrás de un tricornio cuando las cámaras les enfocaban en un acto dentro de un cuartel de la Guardia Civil.
      Las presiones desde el otro lado también eran potentes. Refiriéndose a una información mía sobre el vigésimo aniversario del Parlamento Vasco, el portavoz del PNV José Antonio Rubalcaba, llegó a decir en una tertulia radiofónica que TVE sólo utilizó testimonios de políticos no nacionalistas. Era mentira, pero necesitaba soltarlo para añadir que “no iba a decir nada más sobre el tema para que luego no le acusasen de la responsabilidad del envío de cajas de puros a nadie”. Semanas antes, Carlos Herrera había recibido una bomba escondida en una de esas cajas. El artefacto no explotó y Herrera acabó marchándose durante un año sabático a Miami.
      En julio de 2000 dije basta. Alfredo Urdaci, a través de sus intermediarios en Madrid y Euskadi, pretendía que en una información de Telediario sobre la detención de uno de los asesinos de Fernando Buesa se dijese que había dado clases de inglés en la misma ikastola donde el lehendakari Ibarretxe había matriculado a sus dos hijas. Querían que aquella anécdota traída por los pelos ocupase una cuarta parte de la noticia. Que fuese un detalle sin importancia o que las hijas del Lehendakari y el etarra jamás hubiesen coincidido en la ikastola les daba igual. Querían carnaza contra los nacionalistas. Aquel día dije NO, aunque aquella intoxicación fue emitida en Telediario con la voz y la firma de otro. Abandoné la información política de primera línea y me pusieron a hacer deportes. Le di buena suerte al Alavés, al que seguí hasta la final de la Copa de la UEFA que perdió en Dortmund frente al Liverpool. También coroné al Baskonia como subcampeón de Europa tras una eliminatoria al mejor de 5 partidos contra el Kinder de Bolonia. Todo ello en mi primera temporada como periodista deportivo, aunque no abandoné por completo la información política, de Cultura o Sociedad. Una redacción con dos periodistas no permite mucha especialización.

        Entre 2000 y 2010 ETA asesinó a 58 personas. A mitad de esa década hubo otra tregua táctica, rota en 2006 con la bomba de la T4 de Barajas. Gracias a aquel alto el fuego, en 2004 y 2005 no asesinaron a nadie. A mi edad, sólo he conocido 16 años enteros sin crímenes terroristas: 1961, 62, 63, 64, 65, 66, 67, 70, 71, 99, 2004, 05, 11, 12, 13 y 14.
       En 2008, fui a Arrasate-Mondragón para informar sobre el asesinato del exconcejal socialista Isaías Carrasco. Me encomendaron realizar labores de producción y coordinación en el despliegue que hizo allí TVE. Viví doce horas de uno de aquellos torbellinos informativos que pusieron patas arriba al país en vísperas de unas elecciones generales. No tuve que intervenir en ningún directo ni escribir ni una sola línea para la tele. Ya de vuelta en Vitoria, entendí que no debía olvidar ni un solo detalle de aquella experiencia. Escribí a borbotones un artículo titulado “Mi Dragón va a Arrasarte” que fue la primera entrada de un blog al que llamé “Euskizofrenia”. Ahí sigo volcando mis análisis, mis opiniones y ¿por qué no decirlo? el amargo líquido que, a veces, destila mi vesícula biliar… Todo lo que ocurrió tras el asesinato de Fernando Buesa y mi decisión de abandonar la crónica política a las órdenes de Urdaci lo conté en una Mesa Redonda organizada por Zaitu en Vitoria en 2011. La transcripción de mis palabras se puede leer aún en un artículo titulado “Manipulación informativa: daño colateral del terrorismo”, publicado en Euskizofrenia el 26 de febrero de 2011.

      7 trabajadores de medios de comunicación han sido asesinados por la violencia terrorista desde 1977. ETA asesinó en 1978 a José María Portell (director de “La Hoja del Lunes” de Bilbao y redactor jefe de “La Gaceta del Norte”), en 2000 a José Luis López de la Calle (colaborador de “El Mundo”), y en 2001 al director financiero de “Diario Vasco” Santiago Oleada.
     Pistoleros ultraderechistas asesinaron en 1989 en Madrid a Josu Muguruza, redactor jefe de “Egin” y diputado electo de HB. En 1985, el corresponsal de “Egin” en San Juan de Luz Javier Galdeano fue asesinado por el GAL. La ultraderechista “Triple A” envió sendas bombas que asesinaron a dos conserjes de “El País” y “El Papus” en los años 70.
      Otros muchos compañeros sufrieron atentados y pudieron contarlo: Gorka Landáburu, Santiago Silván, Aurora Intxausti, Juan Palomo, Carmen Gurruchaga, Mikel Muez, Pedro Briongos, Enrique Ibarra, Carlos Herrera, José Javier Uranga, Jesús María Zuolaga, David Jiménez, Raúl del Pozo, Alfredo Semprún, Agustín Yanel, Antonio San José, Marisa Guerrero…

     El policía francés Jean Serge Nérin fue la última persona asesinada por ETA el 16 de marzo de 2010. Ahora afrontamos una difícil tarea: cumplir el mandato de la Ley de Reconocimiento y Protección Integral a las Víctimas del Terrorismo que, en su preámbulo, menciona los cuatro principios que la inspiran: Memoria, Dignidad, Justicia y Verdad. Impartir justicia no está entre mis competencias. Mantener la dignidad, recordando mi verdad, sí. En ello estamos.  

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