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domingo, 27 de diciembre de 2015

SANTAS E INOCENTES

(Artículo escrito a petición de la Asociación de Empresarias y Directivas de Bizkaia)

La madre, con delantal. (Ed. Dalmau) 
     Mi madre nació en 1932, mi hija en 1997. Entre ambas fechas,  65 años, toda una vida con derecho a jubilación... Todavía… ¿Qué ha pasado en medio? Que los tiempos están cambiando para las mujeres está claro, pero ¿han avanzado tanto las leyes como las conciencias de los hombres? Creo que no. Yo he mamado la discriminación desde que era un niño, formaba parte del clima social del franquismo. Sólo podían trabajar las solteras o las viudas. Hasta 1976, siguió en vigor la necesidad de que el marido autorizase el empleo de su esposa. Una mujer casada no podía ausentarse del hogar o viajar sola sin permiso de su hombre. Desde que contraían matrimonio, ellas no tenían derecho a administrar el dinero de la familia. Eran los varones y no las hembras quienes disfrutaban de la titularidad de la cuenta del banco. Varones… Hembras… ¡Cuánta carga de poder se depositaba en esas palabras!
     Mis antepasados machos gozaban de todos los derechos, entre ellos decidir sobre el futuro de sus esposas desde el momento del matrimonio. Ellas se convertían en parte del ajuar… A mi hija le tuve que explicar qué significa esa palabra, al igual que dote o arras. Desde tiempos ancestrales, la sociedad machista bendecía un matrimonio mediante la compraventa: la familia de la novia entregaba una parte de su patrimonio para que el novio aceptase el compromiso de velar por el futuro económico de la mujer.
     Afortunadamente, pese a vivir en un entorno rural del norte de Burgos (el Valle de Mena), mi madre se crió en un ambiente liberal y mis abuelos maternos consiguieron darle estudios: casi acabó el bachillerato y completó un curso de Corte y Confección en Bilbao. Mamá no sabía qué significaba la palabra “empoderamiento”, no existía cuando ella estaba forjando su futuro. Aquella formación le sirvió para tomar decisiones en su vida. O al menos intentarlo. Se casó con el novio que eligió, ambas familias lo aceptaron e Inés y Manuel se establecieron en Madrid. Mientras mi padre abandonó el bachillerato para trabajar como dependiente en la sastrería que su padre montó con otros indianos de Cuba en la calle Preciados, mi madre completaba el escaso sueldo del cabeza de familia trabajando como modista. Atendía en casa a las clientas que querían vestir los modelos que exhibía la alta sociedad española en la revista Hola. Mamá se hizo experta en plagiar el trajecito de Primera Comunión que lució Felipe de Borbón o la falda-pantalón de Audrey Hepburn o Ava Gardner.    
Pilar Primo de Rivera parió en 1954 este engendro de la Sección Femenina. No te pierdas ni una línea. Iba en serio.



                                                   FALDA PANTALÓN
   En pleno franquismo, la legislación impedía que la mujer tuviese los mismos derechos que el 
hombre. Y si dentro del hogar gozaban del poder de decisión, tenían que disimular. Si sus maridos eran inteligentes y aceptaban que la razón estaba teñida de color femenino, no había problema. Lo malo era llevarse el gato al agua si el esposo era un machista cabezón.
     Aún recuerdo aquellas ocasiones en que mi madre intentaba explicarle a mi padre que su inversión en Bolsa se estaba haciendo ruinosa en plena crisis del petróleo de los años 70. Mi educación estaba impregnada por la certeza de que hombres y padres siempre tenían la razón y el poder de su lado. Yo no sabía nada de la Bolsa, pero no entendía por qué mamá le llevaba la contraria cuando él se empecinaba en mantener su dinero en acciones de Telefónica o Iberduero. Y si mi padre se enfadaba ante el inteligente discurso de mi madre, instintivamente me ponía de parte del macho dominante.
Cuesta creer que una mujer, aunque se apellide Primo de Rivera, escribiese esto.
     Con el tiempo descubrí que mamá tenía razón. Casi siempre tenía razón, pero se veía obligada a ceder ante la fuerza del varón, consagrada por el clima social machista. Pero, al menos, ella nunca se calló. Hacía valer su criterio mediante un discurso bondadoso y una exquisita educación. Sin embargo, de nada le sirvió cuando mi padre tomó la decisión de abandonar Madrid para volver al pueblo de nuestros antepasados: Villasana de Mena. Mi padre vio frustrado su sueño de ser propietario de un negocio del que sólo tenía una octava parte. La pérdida de un ojo convirtió en almacenista a quien había sido dependiente de primera con dominio del inglés. La firma que compró la sastrería MALLACA (CA de Cámara) de la calle Preciados le pagaba menos de lo que mi madre ganaba cosiendo en casa para la burguesía madrileña. Nunca llegué a preguntarle a mi madre por qué no se le ocurrió ofrecerle a mi padre que trabajara sólo para ella cosiendo en la vieja máquina Singer que papá tenía que manejar a veces cuando a mamá se le acumulaban los pedidos. Seguro que sí que lo pensó, pero era una herejía: un hombre de aquella época difícilmente podía realizarse profesionalmente obedeciendo a una patrona que fuese su esposa.
      En 1973, mi padre emprendió una nueva vida en Villasana, a 15 kilómetros de Bizkaia. Tomó las riendas de algunos negocios de su suegro hasta que acabó abriendo su propia tienda. Mi madre no volvió a coser por dinero. Lo hacía para vestir a la familia y ahorrar en la compra de nuestra ropa. Su vida laboral se vio truncada a los 41 años para convertirse en ama de casa, un oficio que también había atendido en Madrid. En Villasana no había clientela suficiente para su taller de Corte y Confección. Se dedicó a “sus labores”, etiqueta franquista que marcaba las tareas “propias de su sexo”: cocinar, lavar, planchar… y obedecer al marido. Los pantalones los llevaban ellos, en los que cabían los testículos que les otorgaban el poder desde la cuna. Ellas empezaban a ponerse falda-pantalón, pero casi pidiendo perdón por la osadía.
            DE PREJUICIOS, RAZONES Y CONVICCIONES.

     Mi hija ha aprendido feminismo en los libros, pero sobre todo en la vida. Sus profesoras y las mujeres de nuestra familia le han enseñado el camino de la libertad y la igualdad de género. Tiene una alerta roja que se dispara en cuanto detecta la sumisión, la discriminación o el abuso de poder. Se ha convertido en la Fiscalía del Feminismo en mi hogar. Aunque yo presuma de progresista, conservo ciertos tics y prejuicios heredados de una educación machista. Cuando mi hija tenía unos pocos añitos, detecté la envidia que sentía por su hermano. En vez de prohibirle que la sintiese, algo ridículo e imposible, le animé a que la reconociese. Siendo consciente de una emoción negativa, sería más capaz de luchar contra ella. Esa misma regla de tres es la que trato de aplicar en mi vida contra los prejuicios sexistas. Y los tengo: nos cuesta aceptar que una mujer puede ser más inteligente que nosotros, que sus méritos profesionales la conviertan en nuestra jefa, que su condición física le permita correr más rápido, que conduzca mejor, tenga más sentido de orientación o sea más brillante en cualquier faceta de la vida. Aceptando la igualdad de género y luchando contra esos prejuicios, los hombres podemos encontrar más fácilmente el camino de la felicidad. Mujeres Santas e Inocentes como mi madre pusieron la primera piedra en ese camino.

2 comentarios:

Nortxu dijo...

Dime por donde voy a Villasana recorriendo 15 Kilómetros.

José Manuel Cámara Sáez dijo...

Depende. Si vienes desde Balmaseda (Bizkaia) son exactamente 15 kilómetros. Si vienes desde Artziniega (Álava) también son 15 kilómetros. Y así puedes encontrar un número indefinido de puntos para recorrer 15 kilómetros que tengan como meta Villasana. ¿Desorientado/a Nortxu? Si quieres decir que desde la muga vizcaína hay menos de 15 kilómetros, acepto pulpo como animal de compañia. Gracias, de todas formas, por haber leído la entrada.